
Toda la película supone una experiencia personal. Doris Dorrie, su directora y afamada escritora en su país natal, Alemania, también sufrió la desaparición de su marido y también marchó a Tokio donde captó el abrumador paisaje oriental, y entendió la lentitud ceremonial de lo rutinario. Hay muchas entrañas visibles en el film. Tanta sensibilidad que pocos pueden digerirla. No es sólo la historia de la muerte de un ser querido. Es un acto de catarsis después del dolor. Es una lección de aprendizaje interior que cuesta mucho analizar y de la que nos enseña a buscar la esencia de lo que realmente importa.
Disfrutar de sus imágenes y sentimientos es dejarse llevar por el mundo interior de esta maravillosa directora que ha logrado captar y actualizar las nuevas demandas del lenguaje audiovisual en un sentido homenaje al genial director Yasujiro Ozu.
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